Domingo. Seis de la tarde. Recibo una llamada de mi hija, que con sus 15 años recién estrenados, me pide ir a Antequera con unos amigos. El resto del contexto, que lo hay, no es relevante para entender la historia.
Uber. Esa fue su respuesta cuando, por teléfono, le pregunté cómo tenía pensado volver de Antequera, que está a 40 minutos en coche de Málaga, a unos 35 kilómetros de distancia. Mi hija no pudo ver mi cara de incredulidad, pero la pausa que se produjo nada más escuchar su respuesta, le dio alguna pista. Tras una conversación donde, con grandes dosis de paciencia, intenté sin éxito hacerle ver que esa idea no se podía llevar a cabo, entre otras cosas, por el enorme desembolso económico que conllevaría pagar un trayecto de esa índole, mi hija me colgó el teléfono bastante indignada. Finalmente, la idea de ir a Antequera no se materializó y tuvo que quedarse donde estaba. En Málaga, con sus amigos.
La pregunta quedó suspendida en el aire. Después, cuando me puse a escribir estas líneas, me vinieron a la cabeza más interrogantes, porque para que esta tendencia se perciba como algo normal en nuestra sociedad, tiene que haber transcurrido un tiempo considerable donde se hayan repetido estos patrones y la solución haya sido contratar el servicio de una VTC. La única respuesta lógica era que nosotros, los progenitores, éramos los causantes de esta tendencia. Con las nuevas tecnologías como cómplices del delito. Siguiendo ese hilo, intenté imaginar las razones que habrían movido a mis compañeros de generación a comportarse de esta manera. Lo primero que pensé fue en la seguridad. Esto me ayudó a entender mejor el fenómeno. Porque prima la seguridad por encima de todo. Y la capacidad de que, a través de sus dispositivos, puedan contratar un servicio que les lleve a casa y pueda ser pagado desde la misma aplicación, sin necesidad de efectivo ni tarjeta física, nos ayuda a nosotros, los adultos, a mantener esa sensación de seguridad.
Ese podría haber sido el germen de este fenómeno. La seguridad pudo ser la chispa que prendió el motor de este cambio, pero no fue el único. Porque la seguridad aporta tranquilidad. Y la tranquilidad o falta de preocupación, puede conducir a la comodidad. Sin levantarnos del sofá o de la cama, podemos estar tranquilos de que nuestros polluelos tengan una forma de volver al nido. En Uber. Y cuanto más lo pensaba, más peso específico adquiría este último elemento en la ecuación. La comodidad.
Y siguiendo esta línea de razonamiento, retomé una de las preguntas que inicialmente le hice a mi compañero: ¿De verdad que hay padres y madres que prefieren pagar antes que decirle a sus hijos que vuelvan antes a casa en transporte público, o en último caso, ir en persona a recogerlos? Y en esta ocasión, la respuesta resultó evidente. Sí. El que pudiera permitírselo, lo iba a hacer. Y como normalmente sucede entre adolescentes, estos comportamientos, estas conductas, se contagian. Y como normalmente sucede entre adultos, estos comportamientos se normalizan de la misma manera. Siempre y cuando su economía se lo permita, repito.
Mi hija no fue a Antequera ese domingo, pero ha vuelto a casa más de una vez en Uber -que le ha pagado su novio, todo sea dicho-. No sé si será una tendencia o algo pasajero. Solo quiero aprovechar para hacer apología del transporte público y del sentido común, ya que estamos. Porque ya habrá tiempo para dejar de lado estas cosas y tirar de Uber para que vuelvan a casa sanos y salvos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario